viernes, 27 de junio de 2008

Chanchito de tierra


boomp3.com


Así como un chanchito de tierra que en las manos se hace bolita, enroscada en su caparazón, escondida, protegida, así uno se va guardando, las palabras para adentro, las miradas, lo secretos, con esa sensación única e inexplicable.



***





Manuel...

Manuel, 58 años, viudo y sin hijos caminaba por el lado oscuro de la vereda. Eran las 4 de la tarde y pensaba en la farra de anoche, en el dolor de guata que lo aniquilaba y en la paloma a la que casi atropellan por que comía algo en la mitad de la calle.. Sin embargo, un escalofrío le recorrió el cuerpo todo sudoroso y desaliñado, y de repente se sintió tristemente acompañado. Aquel hombre quedó mirando fijamente el funeral que pasaba por su lado con toda su comitiva acongojada. Y se quedó en aquella esquina observando, tragando la saliva por su garganta dura, mirándose a sí mismo como a un espejo, por que la vida se le iba, por que su olor se lo decía y sus locuras de perro viejo vago y su encierro de tumba fría. Pero Manuel no tenía comitiva alguna que rezara por él para despedirlo, aún cuando el repiquetear de las oraciones fueran tan terribles como la muerte misma. No, ninguna compañía digna que sostuviera el rosario, o el librito de letanías sería capaz de entrar en aquel grupo. Tal vez sólo la rata del entretecho de la pocilga donde dormía, el perro huesudo que se acostaba en la vereda del sol de la mañana y el dueño de la cantina “el huaina” que le fiaba los tragos cuando la moneda escaseaba. “ Ya Manolito, cuando pue’a no más” decía el cantinero, y se reía de la atención p’al curadito, por que sabía que la caña a Manuel le devolvía el alma y la vida, y la sangre le latía por todo el cuerpo. Aquel hombre miraba la carroza y no dejaba de imaginarse al ratón, al perro, y al dueño de la cantina siguiendo el féretro dignamente y en el rostro enjuto una sonrisa se le dibujó a Manuel, que no acostumbraba a sonreír, sobretodo hoy que andaba con la caña, con dolor de guata y sin nada con que llenar las tripas. Y retomó su rumbo, pisando mas fuerte con sus zapatos chancletudos, despertándose con unas palmaditas en la mejilla de días sin afeitar y el miedo se le fue de golpe, no por creer que moriría viejo, si no por pensar que vivir difícilmente era una recompensa y que la muerte al fin y al cabo no era tan mala.

2 comentarios:

  1. Huu que lindo, es verdad, nos guardamos en nuestra caparazón tantas cosas, sensaciones, frustraciones, deseos, sueños...cuando es el momento de salir de él??? Quizás yo este llegando a ese momento y lo espero.

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